Inerte, acuchillado en cuerpo y alma, inmerso en la profundidad del universo, rodeado de una misteriosa calma como aquella que describía el libro del Tao, como si cada célula del cuerpo hubiese absorbido aquel suntuoso poder que dominaba el movimiento, clávasele los ojos, desesperados por encontrar objeto alguno frente a sí entre la maraña de todo aquello que conformaba la nada, unos ojos fijos en un objetivo que hubiese antojado imposible para cualquier ley postulada por la naturaleza, absorto en un ideal monótono y simple, acaeciendo locura a la propia oscuridad…Isaac alzó su brazo derecho, como si no formase parte propia de su cuerpo, mientras trataba de recorrer con las yemas de sus finos dedos cada uno de los granos de arena que sembraban meticulosamente la pared del frío pasillo, y dirigiéndolos tambaleantes hacia marco de la puerta, oyose un ruido, como un aullido cuyo origen parecía provenir de las profundidades del infierno, un grito arcano, sólido, helado y penetrante, que hacía palpitar de pánico cada una de las partículas de oxígeno que habitaban el aire viciado.
Isaac, armado con un hilo de aliento, creado de la última chispa de vida que se dejaba entrever a través de su atemorizado corazón, concentró toda su energía que parecía aletargada por un sopor trágico que supuraba de las fibras de cada músculo, impregnados con un dolor intenso y sobrecogedor, y apretando la empuñadura de su espada, mientras los dientes chirriaban como bisagras oxidadas, se abalanzó sobre la puerta que abría el paso hacia los confines del abismal mundo de las tinieblas.
Tras un rugido salvaje, generado por la ira que esculpía toda aquella rabia retenida en su interior, Isaac levantó la cabeza, y erguido, alzó su vista penetrante. Tenía los ojos fulgurantes, que a modo de antorchas, parecían iluminar las sombras hediondas que cubrían la atmósfera de toda aquella inmensa sala, repleta de espíritus etéreos que se escapaban y escondían tras las volutas de las columnas jónicas de espirales cíclicas, hipnotizantes, capaces de absorber todo aquello que merodease a su alrededor. Sobre el techo, cuya altura era indescriptible por la lúgubre bruma que lo cubría, y creaba una sensación de vértigo que aturdía la mente del caballero y lo narcotizaba con su hedor nauseabundo, colgaba fastuoso una colosal campana, tan formidable que parecía suspendida de lo más alto de los cielos, sobre la cual, alzada, una cuerda invisible, cubierta por un manto negro que giraba a su alrededor frenético, como si fuese el vórtice de un huracán.
Arrojado irremediablemente hacia el triste fin del último día de su existencia, carente de vacile alguno, Isaac esgrimió su espada, mostrándola fiera, colmada de poder, conferido en la fragua del viejo maestro, quien atribuyó a ésta los mayores dones para la lucha física y psíquica.
Sin tener un instante en el tiempo para que tragase saliva, bajo la monstruosa copa de aleaciones de bronce y azufre, resurgió incandescente un badajo gigante, cuyo movimiento pendular hacía estremecer el jubo sobre el que se anclaba tan espantosa campana, y en cuyo extremo se exhibía una cabeza cadavérica, con aspecto humano, como si de la Campana de Huesca en tiempos de Ramiro II se tratase.
En cuanto pronunció aquellas palabras que su querido maestro le había enseñado durante su época de adiestramiento, Isaac pudo sentir un fragor espiritual, esquivando con avidez felina todo aquel obstáculo que presentaba oposición alguna. No hizo mayor esbozo de mandoble con la espada teñida de luz incandescente cuando aquel badajo infernal, como crisálida de larva, adquirió forma de engendro, saltando estrepitosamente sobre la bruma que tornó color fuego, envolviendo al ser con brotes de lava y espuma ígnea que giraba su alrededor a modo de túnica protectora.
Aquel resplandor de luz, no fue impedimento para que Isaac, que había sido instruido para dominar el equilibrio entre el bien y el mal, se abalanzase con bravura sobre el único ápice de debilidad que mostraba aquella estructura tenebrosa de llama, humo y cenizas, y, esquivase aquel zarpazo aplastador, propinado por su garra exuberante, que hubiese hecho tambalear los pilares de la propia Tierra, y así, lograse alcanzar con la punta de su espada aquella caja torácica indescriptible, creada en los albores de la tempestad, forjada con el calado del averno.
Un estallido atronador, surgido de aquella infame colisión, sacudió toda aquella inmensa sala, quebrando las columnas que sostenían el cielo tántrico, cayendo apiladas sobre la estructura de acero que conformaba la campana, fraccionándola en miles de pedazos que se desintegraban al ponerse en contacto con las llamaradas dispersas por cada uno de los rincones. Una luz azul traspasó la fina niebla gris, dejando entrever el cielo despejado, sosteniendo una suave melodía.
Al fin el sol, tras el dulce vaivén del pétalo de una amapola,
reapareció a lo lejos del firmamento, bostezando tras un letargo que
parecía haber durado varios siglos.
Sigue así!!!! Tienes todo mi apoyo y mis ánimos!!! ;)
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