sábado, 21 de enero de 2012

Varado

El megáfono sonó, nítido y fuerte, sobre todo para los oidos de aquellos que llevábamos varios días sin deslizar los dientes sobre algún tenedor.

Llevábamos varias semanas, que en nuestras mentes fatigadas zozobraban como años, al ritmo de las olas de un mar de dudas mezcla saladas y amargas.

"Alguien confundió dos billetes, suban al camarote principal para resolver el problema"

No levanté la cabeza del suelo, no me hacía falta ver el sol de nuevo. Mis ojos eran tan claros que se confundían con el cielo de verano. Deslicé mi mano por el bolsillo buscando mi billete arrugado. Lo di la vuelta y bien claro estaba escrito:

"destino: sin definir"

Sin soltar palabra ni esgrimir gesto alguno, subí por las escaleras hacia el compartimento del capitán. Allí estaba, sentado, fumando en pipa mientras se acariciaba el frondoso bigote, el capitán.

Levanté la cabeza y él me preguntó:

"¿Acaso serás tú el dueño de estos billetes?"

"No lo sé" - dije - "Tal vez si me dice el destino le pueda responder"

"Aquí pone, destino: felicidad" - sostuvo el Capitán - "Por su estado y aspecto calamitosos, es muy probable que sean suyos, señor"

"Si ese es el destino, no creo sean míos" - aclaré - "Yo en este barco, llevo lo que necesito, que son mis manos, para levantarme del suelo después de caer por el oleaje, y el motivo por el que me levanto todos los días para limpiar la cubierta, enfrentarme al sol abrasador y a los días de tormenta. ¿El destino?, a quien le importa, yo sólo vine para saber si este billete que tengo en mis manos, es realmente el que me correspondía"
































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