viernes, 27 de enero de 2012

Pinceladas en papel

Y hoy, mientras anochece, quiero pedir a la luna que mañana según amanezca atardezca, pues la tarde tiene la magia del nacer de un día, y la melancolía de la puesta de un sol que lo ilumina, y si bien me acuesto entristecido, que amanezca la noche y con él la tarde, para que mi corazón apesadumbrado haya sido caldeado con la luz del alba y la mañana y así con el alma cálida, despierte atardecido para tener la certeza que el sol, por siempre, me ha mantenido inspirado.



Invierno, no tienes tiempo ni para vestirte de luz, que te acicalas con nubes blancas por la mañana mientras ciegas con tu aliento de niebla el resto de tu día, recuerda que detrás de tu armadura de bruma gélida sigue saliendo el sol, y que aunque sus rayos no calientan mi cuerpo, el fuego de la llama del amor incondicional y los abrazos de las estrellas polares que, llueva o nive, prevalecen, guiarán por siempre mi camino.



Despierto, me agito
suspiro y atisbo
cierro los ojos, desvelo
pienso en el suelo, horizonte
miro baldosas, cuento cascotes
dejo los miedos, calculo escalones
tengo los dedos un ábaco de ardores
si tengo un hueco en el horizonte
que sea a tu lado
si no me dejan entrar en ningún sitio
ya ni me descalzo
cuando sienta tu piel
ya me rescatará tu cielo




Sólo se ama cuando se es amado

Como un susurro en la mañana

como la brisa en la montaña

como las agujas de un reloj…

Mecían palabras, crecían sonrisas,

y un te quiero, una caricia.

Tras las nubes de monóxido,

que tiñen el cielo azul de color eterno pálido

aparecen gotas grises,

que se mezclan con mis lágrimas

y la amargura de mi corazón.

Tengo frío en el verano,

y calor en el invierno

y me asfixio en estas calles

teñidas de asfalto y alquitrán.

Cada vez que miro al cielo,

pido permiso a la luna,

para pedir prestado esa estrella

que todas las noches duerme junto a mí,

y que hace que en todos mis sueños

las lagrimas empapen mi alma

de amor y palabras cálidas,

palabras suaves,

palabras plácidas

O simplemente,

Palabras





Gritando sin voz

    3:36 de la madrugada, cualquiera que saque una conclusión diría: “muy tarde”, sin embargo, aquellos que sepan de que hablo, no dudarían en decir: “buena hora”, tal como la  abuela susurraba en los años mozos. Amedrentada mente, diría yo, sino fuese por la algarabía de pensamientos que surgen por la mente de aquel que sabe que los lunes por la mañana no suelen amanecer a las siete de la mañana, sino a las once o más, y lo dice uno, que más bien dejó de pensar aquel día en el que la luna soltó cuatro bocanadas de aire sobre el mar de la incertidumbre… - ¡maldita crisis! – carraspeé mientras mordía la almohada, preñada de saliva.

    Se me acabaron las lágrimas después de aquella última entrevista, que dejó entrever que tiempos aciagos me han tocado vivir. Y menos mal que dejé de soñar en cosas bonitas después de darme cuenta de la infructuosa existencia de los Reyes Magos. ¡Salve mis neuronas! por un trajín de ideas que llevan surcando desde hace tres meses, como navíos sobre la charca de mi pueblo, muy bravucón él, pero desmoronado por la falta de respeto de aquellos que pisan sobre mí como si de cuatro piedras sobre el camino se trataran…parece como si los granos de arena tuviésemos que pasar tres cretácicos más para convertirnos en piedra y así hacer mella en las suelas de los mocasines que tan bien calzaban quienes los llevaban…

    Sólo me queda sonreír al alba por un nuevo día que alimente aquello que tanto se anhelo y que tan bien se lleva con la palabra felicidad, brindando con un nuevo bostezo que lleve mi esperanza más allá de las estrellas, donde reside bien gustosa mi alma.

sábado, 21 de enero de 2012

Varado

El megáfono sonó, nítido y fuerte, sobre todo para los oidos de aquellos que llevábamos varios días sin deslizar los dientes sobre algún tenedor.

Llevábamos varias semanas, que en nuestras mentes fatigadas zozobraban como años, al ritmo de las olas de un mar de dudas mezcla saladas y amargas.

"Alguien confundió dos billetes, suban al camarote principal para resolver el problema"

No levanté la cabeza del suelo, no me hacía falta ver el sol de nuevo. Mis ojos eran tan claros que se confundían con el cielo de verano. Deslicé mi mano por el bolsillo buscando mi billete arrugado. Lo di la vuelta y bien claro estaba escrito:

"destino: sin definir"

Sin soltar palabra ni esgrimir gesto alguno, subí por las escaleras hacia el compartimento del capitán. Allí estaba, sentado, fumando en pipa mientras se acariciaba el frondoso bigote, el capitán.

Levanté la cabeza y él me preguntó:

"¿Acaso serás tú el dueño de estos billetes?"

"No lo sé" - dije - "Tal vez si me dice el destino le pueda responder"

"Aquí pone, destino: felicidad" - sostuvo el Capitán - "Por su estado y aspecto calamitosos, es muy probable que sean suyos, señor"

"Si ese es el destino, no creo sean míos" - aclaré - "Yo en este barco, llevo lo que necesito, que son mis manos, para levantarme del suelo después de caer por el oleaje, y el motivo por el que me levanto todos los días para limpiar la cubierta, enfrentarme al sol abrasador y a los días de tormenta. ¿El destino?, a quien le importa, yo sólo vine para saber si este billete que tengo en mis manos, es realmente el que me correspondía"
































jueves, 19 de enero de 2012

La campana suntuosa


    Inerte, acuchillado en cuerpo y alma, inmerso en la profundidad del universo, rodeado de una misteriosa calma como aquella que describía el libro del Tao, como si cada célula del cuerpo hubiese absorbido aquel suntuoso poder que dominaba el movimiento, clávasele los ojos, desesperados por encontrar objeto alguno frente a sí entre la maraña de todo aquello que conformaba la nada, unos ojos fijos en un objetivo que hubiese antojado imposible para cualquier ley postulada por la naturaleza, absorto en un ideal monótono y simple, acaeciendo locura a la propia oscuridad…Isaac alzó su brazo derecho, como si no formase parte propia de su cuerpo, mientras trataba de recorrer con las yemas de sus finos dedos cada uno de los granos de arena que sembraban meticulosamente la pared del frío pasillo, y dirigiéndolos tambaleantes hacia marco de la puerta, oyose un ruido, como un aullido cuyo origen parecía provenir de las profundidades del infierno, un grito arcano, sólido, helado y penetrante, que hacía palpitar de pánico cada una de las partículas de oxígeno que habitaban el aire viciado.  

    Isaac, armado con un hilo de aliento, creado de la última chispa de vida que se dejaba entrever a través de su atemorizado corazón, concentró toda su energía que parecía aletargada por un sopor trágico que supuraba de las fibras de cada músculo, impregnados con un dolor intenso y sobrecogedor, y apretando la empuñadura de su espada, mientras los dientes chirriaban como bisagras oxidadas, se abalanzó sobre la puerta que abría el paso hacia los confines del abismal mundo de las tinieblas.

    Tras un rugido salvaje, generado por la ira que esculpía toda aquella rabia retenida en su interior, Isaac levantó la cabeza, y erguido, alzó su vista penetrante. Tenía los ojos fulgurantes, que a modo de antorchas, parecían iluminar las sombras hediondas que cubrían la atmósfera de toda aquella inmensa sala, repleta de espíritus etéreos que se escapaban y escondían tras las volutas de las columnas jónicas de espirales cíclicas, hipnotizantes, capaces de absorber todo aquello que merodease a su alrededor. Sobre el techo, cuya altura era indescriptible por la lúgubre bruma que lo cubría, y creaba una sensación de vértigo que aturdía la mente del caballero y lo narcotizaba con su hedor nauseabundo, colgaba fastuoso una colosal campana, tan formidable que parecía suspendida de lo más alto de los cielos, sobre la cual, alzada, una cuerda invisible, cubierta por un manto negro que giraba a su alrededor frenético, como si fuese el vórtice de un huracán.
   
    Arrojado irremediablemente hacia el triste fin del último día de su existencia, carente de vacile alguno, Isaac esgrimió su espada, mostrándola fiera, colmada de poder, conferido en la fragua del viejo maestro, quien atribuyó a ésta los mayores dones para la lucha física y psíquica.

    Sin tener un instante en el tiempo para que tragase saliva, bajo la monstruosa copa de aleaciones de bronce y azufre, resurgió incandescente un badajo gigante, cuyo movimiento pendular hacía estremecer el jubo sobre el que se anclaba tan espantosa campana, y en cuyo extremo se exhibía una cabeza cadavérica, con aspecto humano, como si de la Campana de Huesca en tiempos de Ramiro II se tratase.

    En cuanto pronunció aquellas palabras que su querido maestro le había enseñado durante su época de adiestramiento, Isaac pudo sentir un fragor espiritual, esquivando con avidez felina todo aquel obstáculo que presentaba oposición alguna. No hizo mayor esbozo de mandoble con la espada teñida de luz incandescente cuando aquel badajo infernal, como crisálida de larva, adquirió forma de engendro, saltando estrepitosamente sobre la bruma que tornó color fuego, envolviendo al ser con brotes de lava y espuma ígnea que giraba su alrededor a modo de túnica protectora. 

    Aquel resplandor de luz, no fue impedimento para que Isaac, que había sido instruido para dominar el equilibrio entre el bien y el mal, se abalanzase con bravura sobre el único ápice de debilidad que mostraba aquella estructura tenebrosa de llama, humo y cenizas, y, esquivase aquel zarpazo aplastador, propinado por su garra exuberante, que hubiese hecho tambalear los pilares de la propia Tierra, y así, lograse alcanzar con la punta de su espada aquella caja torácica indescriptible, creada en los albores de la tempestad, forjada con el calado del averno.

    Un estallido atronador, surgido de aquella infame colisión, sacudió toda aquella inmensa sala, quebrando las columnas que sostenían el cielo tántrico, cayendo apiladas sobre la estructura de acero que conformaba la campana, fraccionándola en miles de pedazos que se desintegraban al ponerse en contacto con las llamaradas dispersas por cada uno de los rincones. Una luz azul traspasó la fina niebla gris, dejando entrever el cielo despejado, sosteniendo una suave melodía. 

  Al fin el sol, tras el dulce vaivén del pétalo de una amapola, reapareció a lo lejos del firmamento, bostezando tras un letargo que parecía haber durado varios siglos.


 

Y a tí, abuelo, una canción


"Cuando el silencio de una habitación es tan profundo que contagia al propio corazón,
lo oprime bajo un manto de tristeza,
inundando de lágrimas unos ojos que no son capaces de parpadear,
pues la imagen que recogen las pupilas no se puede asimilar
por una razón demasiado abrumada y sobrecogida.
Una canción suena,
tañendo las últimas palabras que siempre le quisiste decir
y que ahora,
al compás del latido de tu alma,
armoniza con una música celestial
que velará por siempre a la persona perdida"

    Aún puedo recordar aquella fría mañana, una más de las cientos que hacen que los minutos de la vida parezcan simples gotas de agua, incoloras e insípidas dentro de un mar grandioso y formidable, insulso a veces pese a las tormentas y mareas, aderezado por un sabor salado, tan antiguo como el propio “Pangea” y cuyos orígenes habían quedado ya olvidados.

    La soledad y la costumbre hacen al hombre el ser más triste del universo, amedrentándolo con un sin vivir que a veces, con el acontecimiento más simple como el de un café de máquina, permite sobrellevar los siguientes minutos dulces, acompañados con el sabor amargo del grano arábico, regalando así al paladar, palabras cálidas y reconfortantes.

    Caminé a través de una senda polvorienta y baldía, firme y sin vacilar, con paso rápido como si buscase objeto o meta alguna. De vez en cuando daba patadas a las piedras que encontraba en mi trayecto, como si debajo de estas se encontrase escondida la felicidad, descubriendo nada más que una pequeña mancha de polvo aplastada. Mientras que aquellos granos de arena marrones me daban gracias por el peso que les había quitado de encima, yo los iba saludando con la mano sin darme siquiera la vuelta.

     Levantando la cabeza pude darme cuenta de lo lejos que se encontraban las nubes acostadas en el cielo azul. “Parece como si quisieran escapar de mí” – murmuraba –, y con afán curioso, aceleraba aún más el paso para alcanzarlas y así poder preguntar por qué se alejaban.

    Giré la cabeza y me di cuenta que ya no podía apreciar la casa que había dejado tras de mí, aun así quedaba impregnado en mis sentidos aquella caricia que mis labios obsequiaron a la suave tez de mi dulce candor. Te había encontrado acurrucada bajo el mullido edredón, con la cara apaciguada, como si estuvieses buscando en sueños al príncipe que aparecía en los cuentos. Sólo con el contemplar aquella cara feliz tras mis besos, y su mueca ensoñadora, alegre y cálida, reconfortaba las endebles fuerzas permitiendo atravesar el dintel bajo el que se más tarde me desvanecería, adentrándome en los caminos más recónditos de la tierra natal.
   
    Mientras encontraba cárcel en los pensamientos, un sonido celestial resonó. La fuente parecía provenir del eco de unas lejanas montañas teñidas de blanco que se dibujaban en el horizonte del Curavacas. Con firme decisión, me detuve, dejando de lado mi absurda obcecación y agachándome, agarré un trozo de tiza escondida bajo los pétalos de una margarita, que parecía desolada por su abandono en el borde del camino, y comencé a escribir aquel texto sobre una roca que descansaba robusta bajo mis rodillas, traduciendo así la sinfonía que interpretaba el suave viento al mecer sobre la atmósfera, acariciando todo lo tangible que encontraba a su paso. Con la iluminación de un brillante compositor, lograba traducir el silbido en clave de sol de los pétalos de trigo, y la brisa que balanceaba la encina curvando sus hojas dando tonos de fa en cuarta y seis octavos, queriendo reproducir la sutil fricción del arco con las cuerdas de un violín.

    Aquellas notas que tracé en la pizarra petrificada me despertaron del letargo mental y avivaron los tiernos recuerdos en los que habían amanecido tiempos mejores, años jóvenes para un espíritu ensoñador que jugaba a contar las estrellas durante las largas noche de invierno, y que ahora quedan tan remotos que apenas ya ni puedo discernir la luna del lucero de la tarde.
   
    Frente a mí, descansaba imponente el embalse de Requejada. Sentado al regazo de la vieja roca, sentía como el aura regalaba ondas que mecían suavemente el agua, y con los rayos de luz del sol anaranjado, estampaba líneas de luz en su superficie, a modo de pentagrama vacío.

    En aquel momento cerré los ojos, recordando la partitura que había escrito en el peñasco, y sentí como danzaban las notas que el viento posaba sobre las láminas brillantes, y cómo dos compases de cuatro cuartos ocupaban el silencio que me calmaba. Armonicé así la música que propagaban las ráfagas con la cariñosa canción que recordaba de aquellos días de verano, en los que, apostado sobre el suelo de cemento que adornaba el patio, contemplaba atentamente cómo pasabas las horas sentado sobre la silla de mimbre pintada de blanco, mientras tallabas la vara de avellano con aquella navaja que la abuela te había regalado días atrás en la ferretería del señor  Moro.

    De repente, los paseos matutinos de las palomas sobre el tejado del ático, desvelaron mis reflexiones, y con el enérgico palpitar de mis pupilas, que acompañaban mi acelerado pulso, suspiré, inhalando el  oxígeno que necesitaban mis adormecidos pulmones. Tenía la garganta seca como un tamiz de corcho. Oteando a tientas el borde de la cama, logré alcanzar la botella de agua, que yacía camuflada entre la sábana descuidando así sus funciones protectoras, quizá hace horas, presa de mi agitación incesante. El sabor fue más bien amargo, tal vez por la languidez de mis papilas gustativas, que habían tragado cantidades ingentes de sudor.

    El día era cálido, brillaba el sol, pidiendo paso a través de la puerta que daba a la terraza. La pieza que había compuesto en mis sueños acompañaba a las partículas de polvo. Sintiendo las figuras musicales sobre las yemas de mis dedos, noté que algo se escondía bajo la atmósfera; suspiros de soledad de una dulce amapola arrodillada sobre la losa quebrada en la acera de mi casa, conversaciones de los juncos apostados en la orilla del río, el murmurar de las madrugadoras hormigas que se arrastraban sobre la barra de acero del balcón,…cánticos de amor más allá de las estrellas que ya no se apreciaban en el cielo, frases descritas por las franjas de luz que se escapaban por la verja de la terraza. Mientras sostuve el sollozo que cruzó cielo y tierra, encontré la verdadera razón por la que debía estar ahí. No podía rechazar la inmensidad del amor incondicional que me regalaban aquellas personas que más quería en la vida, aquellas que siempre me habían guiado y apoyado, aquellos que aún están, y tú, que me dejaste, pero que jamás saldrías del lugar que mi esencia había dedicado para ti.

    Acongojado por los sentimientos, la opresión de mi garganta y el vespertino despertar de las lágrimas en los ojos, me dejé sosegar por el cántico de las sirenas que susurraban tu canción, recorrí con mi mano derecha el colchón, y si como me hubiese trasladado años luz, alcancé la mano de mi amada, abrazándola fuertemente, apreté para que no escapara jamás, y cerrando los ojos de nuevo, conseguí conciliar el sueño.