"Cuando el silencio de una habitación es tan profundo que contagia al propio corazón,
lo oprime bajo un manto de tristeza,
inundando de lágrimas unos ojos que no son capaces de parpadear,
pues la imagen que recogen las pupilas no se puede asimilar
por una razón demasiado abrumada y sobrecogida.
Una canción suena,
tañendo las últimas palabras que siempre le quisiste decir
y que ahora,
al compás del latido de tu alma,
armoniza con una música celestial
que velará por siempre a la persona perdida"
Aún puedo recordar aquella fría mañana, una más de las cientos que hacen que los minutos de la vida parezcan simples gotas de agua, incoloras e insípidas dentro de un mar grandioso y formidable, insulso a veces pese a las tormentas y mareas, aderezado por un sabor salado, tan antiguo como el propio “Pangea” y cuyos orígenes habían quedado ya olvidados.
La soledad y la costumbre hacen al hombre el ser más triste del universo, amedrentándolo con un sin vivir que a veces, con el acontecimiento más simple como el de un café de máquina, permite sobrellevar los siguientes minutos dulces, acompañados con el sabor amargo del grano arábico, regalando así al paladar, palabras cálidas y reconfortantes.
Caminé a través de una senda polvorienta y baldía, firme y sin vacilar, con paso rápido como si buscase objeto o meta alguna. De vez en cuando daba patadas a las piedras que encontraba en mi trayecto, como si debajo de estas se encontrase escondida la felicidad, descubriendo nada más que una pequeña mancha de polvo aplastada. Mientras que aquellos granos de arena marrones me daban gracias por el peso que les había quitado de encima, yo los iba saludando con la mano sin darme siquiera la vuelta.
Levantando la cabeza pude darme cuenta de lo lejos que se encontraban las nubes acostadas en el cielo azul. “Parece como si quisieran escapar de mí” – murmuraba –, y con afán curioso, aceleraba aún más el paso para alcanzarlas y así poder preguntar por qué se alejaban.
Giré la cabeza y me di cuenta que ya no podía apreciar la casa que había dejado tras de mí, aun así quedaba impregnado en mis sentidos aquella caricia que mis labios obsequiaron a la suave tez de mi dulce candor. Te había encontrado acurrucada bajo el mullido edredón, con la cara apaciguada, como si estuvieses buscando en sueños al príncipe que aparecía en los cuentos. Sólo con el contemplar aquella cara feliz tras mis besos, y su mueca ensoñadora, alegre y cálida, reconfortaba las endebles fuerzas permitiendo atravesar el dintel bajo el que se más tarde me desvanecería, adentrándome en los caminos más recónditos de la tierra natal.
Mientras encontraba cárcel en los pensamientos, un sonido celestial resonó. La fuente parecía provenir del eco de unas lejanas montañas teñidas de blanco que se dibujaban en el horizonte del Curavacas. Con firme decisión, me detuve, dejando de lado mi absurda obcecación y agachándome, agarré un trozo de tiza escondida bajo los pétalos de una margarita, que parecía desolada por su abandono en el borde del camino, y comencé a escribir aquel texto sobre una roca que descansaba robusta bajo mis rodillas, traduciendo así la sinfonía que interpretaba el suave viento al mecer sobre la atmósfera, acariciando todo lo tangible que encontraba a su paso. Con la iluminación de un brillante compositor, lograba traducir el silbido en clave de sol de los pétalos de trigo, y la brisa que balanceaba la encina curvando sus hojas dando tonos de fa en cuarta y seis octavos, queriendo reproducir la sutil fricción del arco con las cuerdas de un violín.
Aquellas notas que tracé en la pizarra petrificada me despertaron del letargo mental y avivaron los tiernos recuerdos en los que habían amanecido tiempos mejores, años jóvenes para un espíritu ensoñador que jugaba a contar las estrellas durante las largas noche de invierno, y que ahora quedan tan remotos que apenas ya ni puedo discernir la luna del lucero de la tarde.
Frente a mí, descansaba imponente el embalse de Requejada. Sentado al regazo de la vieja roca, sentía como el aura regalaba ondas que mecían suavemente el agua, y con los rayos de luz del sol anaranjado, estampaba líneas de luz en su superficie, a modo de pentagrama vacío.
En aquel momento cerré los ojos, recordando la partitura que había escrito en el peñasco, y sentí como danzaban las notas que el viento posaba sobre las láminas brillantes, y cómo dos compases de cuatro cuartos ocupaban el silencio que me calmaba. Armonicé así la música que propagaban las ráfagas con la cariñosa canción que recordaba de aquellos días de verano, en los que, apostado sobre el suelo de cemento que adornaba el patio, contemplaba atentamente cómo pasabas las horas sentado sobre la silla de mimbre pintada de blanco, mientras tallabas la vara de avellano con aquella navaja que la abuela te había regalado días atrás en la ferretería del señor Moro.
De repente, los paseos matutinos de las palomas sobre el tejado del ático, desvelaron mis reflexiones, y con el enérgico palpitar de mis pupilas, que acompañaban mi acelerado pulso, suspiré, inhalando el oxígeno que necesitaban mis adormecidos pulmones. Tenía la garganta seca como un tamiz de corcho. Oteando a tientas el borde de la cama, logré alcanzar la botella de agua, que yacía camuflada entre la sábana descuidando así sus funciones protectoras, quizá hace horas, presa de mi agitación incesante. El sabor fue más bien amargo, tal vez por la languidez de mis papilas gustativas, que habían tragado cantidades ingentes de sudor.
El día era cálido, brillaba el sol, pidiendo paso a través de la puerta que daba a la terraza. La pieza que había compuesto en mis sueños acompañaba a las partículas de polvo. Sintiendo las figuras musicales sobre las yemas de mis dedos, noté que algo se escondía bajo la atmósfera; suspiros de soledad de una dulce amapola arrodillada sobre la losa quebrada en la acera de mi casa, conversaciones de los juncos apostados en la orilla del río, el murmurar de las madrugadoras hormigas que se arrastraban sobre la barra de acero del balcón,…cánticos de amor más allá de las estrellas que ya no se apreciaban en el cielo, frases descritas por las franjas de luz que se escapaban por la verja de la terraza. Mientras sostuve el sollozo que cruzó cielo y tierra, encontré la verdadera razón por la que debía estar ahí. No podía rechazar la inmensidad del amor incondicional que me regalaban aquellas personas que más quería en la vida, aquellas que siempre me habían guiado y apoyado, aquellos que aún están, y tú, que me dejaste, pero que jamás saldrías del lugar que mi esencia había dedicado para ti.
Acongojado por los sentimientos, la opresión de mi garganta y el vespertino despertar de las lágrimas en los ojos, me dejé sosegar por el cántico de las sirenas que susurraban tu canción, recorrí con mi mano derecha el colchón, y si como me hubiese trasladado años luz, alcancé la mano de mi amada, abrazándola fuertemente, apreté para que no escapara jamás, y cerrando los ojos de nuevo, conseguí conciliar el sueño.